Por qué dar un SI a los buenos Zoo del mundo

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Por Brenda Junin*.

Hay quienes gozamos de viajar. Al visitar un lugar del mundo, trato de visitar siempre su zoológico, pues es para mí un indicador del nivel cultural de esa comunidad y sus gobernantes.

He visitado muchos en verdad: americanos, europeos, asiáticos; hasta uno de los países más ordenados y respetuosos del mundo como Finlandia, donde pocos lo discuten cómo uno de los países más desarrollados, y posee zoológico clásico en Helsinki y es lugar clave de enseñanza.

Como cualquier población (igual que nosotros en oficinas, aulas, talleres, etc.), donde pasamos nuestras horas, padecemos sufrimientos y alegrías diarias. Como cualquier ser vivo (desde la maceta en casa), siempre dependemos de quienes nos rodean, cómo nos relacionamos, de quién nos cuida y vela por nosotros. La población animal de un zoológico es claramente una población vulnerable y especial, y por ello necesita más.

La discusión sobre si el zoo es un encierro o una protección diferenciada será eterna. Particularmente en este tema estoy muy definida: los zoológicos deben existir pues sus ambientes naturales peligran, y todos debemos actuar responsablemente y hacernos cargo.

Los zoológicos son lugares culturales, de formación, sensibilización y ciencia. Los animales “exóticos” deben estar distribuidos, presentes, y especialmente cuidados en todos los continentes. ES UNA RESPONSABILIDAD GLOBAL.

En una larga época de mi vida profesional me tocó trabajar en el Zoo de Buenos Aires. Conocí de qué se trata el tema por dentro. Cuando me tocó asumir responsabilidades sanitarias y ejecutivas (varias décadas atrás), encontré en Buenos Aires un zoológico clásico de estilo europeo, similar al que podría ser el que se discute hoy en Mendoza. Como en cualquier tema y lugar, gente comprometida con su función y gente que no; lugares limpios y otros que no; respeto y no. Cuando llegué nadie tenía una ficha, ni estudios de base, ni nada. Cambiamos el enfoque, miramos en forma diferente. Estudiábamos cada ejemplar individualmente, y especialmente su sociabilización. Lo mirábamos a los ojos también, cada día, y más de una vez al día por supuesto. Y aseguro que no es lo mismo mirar y ver a través de los ojos de una jirafa, un elefante o un carayá por televisión que en la realidad. No sé cuánto influyeron esas miradas, y esa etapa política en mi propio camino de vida, pero fue mucho. Eso sí lo sé: éramos un puñado, como siempre sucede en cualquier trabajo, quienes nos comprometemos de verdad. El zoo de Buenos Aires un 80%, por poner una cifra en el entusiasmo democrático. Era el período entre el gobierno militar y el menemismo. Antes una prolija prisión, después un negociado. Luego de la privatización (que se logró fácilmente gracias a la opinión publica manejada por los medios, y a ese fácil de seguir empujón “compasivo”), ya no se encontraban animales “viejos”, “feos” o “enfermos” como están en cualquier población, y que también nos enseñan y mucho. Luego fue un shopping animal, producto fácilmente vendible y comprable para el común de la gente. Rentable luego, antes subsidiado como todos los zoológicos del mundo. Eso sí, aparecían bien trajeados algunos exitosos programas en conservación, como para disimular la pasmosa entrega.

¿Qué quiero decir con esto? Ninguno de nosotros vive su día a día en plena felicidad por más que estemos en “nuestro ambiente natural”, seamos humanos, animales o plantas. De una forma u otra, todos somos cautivos y dependientes de los factores que nos condicionan. Unos más, unos menos, otros muy más y unos muy menos. Eso depende, y mucho, de las políticas y rumbos que se nos marcan.

Para la fauna en libertad no es muy diferente. Vivimos en un planeta en crisis antropocéntrica, nuestra forma de consumo es abusiva, y estamos en permanente sobregiro. Es insostenible por donde la miremos. A la vida silvestre le cuesta encontrar el alimento y reproducirse cada vez más; la envenenamos, la sobreexplotamos, la traficamos, la cazamos. La presión de los monocultivos se extiende por donde vayamos; miles y miles de hectáreas arrasadas, contaminamos aire, ríos y suelo. Los países más biodiversos del mundo están tratando de cuidar apenas pedacitos de tierra para que sean intangibles reservas, y apenas hasta ahí. La selva, los bosques y los hielos van desapareciendo. La aceleración destructiva de estas últimas décadas es vertiginosa. Mientras el dinero nos gobierne esto no cambiará, y la crisis se profundizará. Negar esto es ingenuo e irresponsable.

Decir alegremente que los animales “retornen” a sus ambientes naturales es casi una chanza.

¿Y los llamados santuarios son opción? Por supuesto quienes hemos visitado santuarios de variadas especies y en variados lugares nos hemos conmovido pues vemos ejemplares rescatados en lo que llamamos semi-cautiverio o semi-libertad. Pero al leer en profundidad aparecen otras problemáticas que solo se ven al rascar un poquito más; otras patologías sociales o físicas como diabetes por ejemplo, y por nombrar sólo una. ¿Son mejores? Y sí, lo son, pero es una opción para pocos que no nos quita de nuestra responsabilidad local, y que sería bueno asumir de una vez por todas.

Recuerdo cuando recién llegué a Mendoza y me convocaron a ver qué le pasaba al “Tortugo

Jorge” en el Acuario de Mendoza. El animal flotaba y parecía morir, sorprendentemente nadie lo quería tratar y era tapa de diario: “se muere por la depresión del cautiverio”. Lo tratamos, lo curamos, y hoy tantos años después, sigue vivo. Personalmente no comparto la forma que se reformó su ambiente, se mal aprovechó una inversión millonaria. Pero el emblemático Jorge no estaba deprimido; estaba enfermo, y necesitaba ser atendido, no utilizado mediáticamente.

Algunos usaban al pobre animal para golpear funcionarios, y los funcionarios negaban a esos algunos. La pelea circular de siempre.

Hoy pasa algo similar con la chimpancé “Mona Cecilia”. Volvemos a no confiar en que podemos hacer algo superador con lo que tenemos. Se presenta mejor (y aliviador) expulsarla de nuestro territorio. Como la increíble etapa del Oso Arturo, parecemos preferir hacer desaparecer la situación antes que enfrentarla seriamente.

¿Hacer desaparecer todo lo exótico y dejar lo nativo? Como si las fronteras climáticas nos quitaran responsabilidad. Recuerdo siempre un defensor que expresó: “preferimos que el oso Arturo muera en el viaje a Canadá pero haber luchado por su… libertad (?)”. Terrible egoísmo disfrazado de piedad.

Si la mona tiene tuberculosis o no, tal vez defina su destino: si se queda o si se va. Los monos de los zoológicos suelen reaccionar a la tuberculina (aún sin evidenciar la enfermedad), y se podrá discutir un largo tratamiento. Los estudios de control debieron ser hechos desde siempre como base de un programa de medicina preventiva; como sangre, orina, materia fecal y otros; bien nutrir o desparasitar para dar ejemplos básicos, o diseñar y dar los fondos para un ambiente adecuado y de buen vivir.

Mona Cecilia

Así como el afecto diario y el llenar sus horas, igual que nosotros supuestamente libres. Más básico imposible. ¿Qué es lo tan difícil? ¿Si hay tanta plata para prepararle el terreno a cuatro bodegas que probablemente extranjerizarán la tierra, cómo no hay más para acondicionar nuestro zoológico comprendiendo su importancia cultural? Si se queda Cecilia, debe tener una vida mejor, y debe ayudarnos a comprender por qué está allí. Y los demás también, sean exóticos o no.

La raíz no sólo está en la miopía de ver el árbol y no el bosque, conjugado al manejo desmesurado de la supuesta compasión. Está en que no creemos lo suficiente en nosotros mismos y nuestras capacidades.

Por eso digo NO a la entrega y SI a repensar nuevamente el concepto de qué es un Zoológico. Es una obligación moral y espacial la que nos fuerza a tener animales exóticos en las mejores condiciones y con el mejor propósito. Educar, educar y educar hasta que podamos revertir el fatídico camino que muestra la tendencia mundial.

Preservar y reservar genéticamente. Sé que cuesta mucho entenderlo, pero mantener el Zoológico de Mendoza es una responsabilidad global.

¿O será tal vez que este proceso de conversión y expulsión de exóticos también nos está reflejando y mostrando que el mensaje es que no debemos hacernos cargo de quienes más nos necesitan, de los más vulnerables de nuestra casa común? ¿O será que el Zoológico al estar cerrado y nosotros privados de información, es el indicador que nos refleja culturalmente?

Si yo hoy visitara Mendoza, y no me dejaran acceder al zoológico, eso leería.

Fundación Pedemonte
Personería Jurídica 1450/011

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