La Cuestión Nacional. Primera Parte

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Por Mario de Casas.

Introducción
La situación históricamente inédita que produjo la oligarquía en 2015 cuando alcanzó el gobierno del Estado a través de elecciones libres, plantea nuevos desafíos a los sectores populares. Guía y motor para afrontar tal sucesión de insoslayables querellas por venir debería ser la comprensión masiva de la llamada cuestión nacional, cuya consecuencia directa -y factor decisivo para consolidar una relación de fuerzas favorable- será la formación de una conciencia nacional mayoritaria.

En efecto, si siempre fue difícil para un importante segmento de la sociedad percibir que nos encontramos inmersos en una sorda pero crucial disputa entre la entidad nación y las expresiones imperiales realmente existentes, que afecta nuestros legítimos y más variados intereses, ahora la dificultad se acrecienta: a la condición semicolonial del país, restablecida recurrentemente por los sectores dominantes pero disimulada con formas institucionales y apariencias cotidianas que lo muestran como independiente a los ojos del observador inadvertido, se agrega -para nublar consciencias- el triunfo oligárquico en las urnas, pues opera como una máscara más efectiva que el mero discurso exaltador de la “libertad” y la “democracia” para ocultar el verdadero rostro de los sempiternos socios de poderosos intereses extranjeros, que ahogan nuestra capacidad de autodeterminación.

Además, si desde aquel 10 de diciembre no ha habido tregua en el proceso de enajenación de los principales resortes de la economía nacional, subordinación de las políticas del gobierno a los mandatos de corporaciones de adentro y de afuera e incremento sostenido de las desigualdades sociales; es entonces evidente que los sectores subalternos, una vez más, después de doce años de gobierno popular, no lograron consolidar sus posiciones en el marco de la contradicción fundamental que los enfrenta a la alianza imperialismo-oligarquía, identificada en este momento histórico con los EE.UU y otros países con tradición imperial de envergadura menguada, y lo que el economista e historiador Eduardo Basualdo ha bautizado como oligarquía diversificada, refiriéndose a la estructura económica de nuestro país.

Para quienes -incluyendo cultores del pensamiento “progresista”- consideran que éstas son categorías demodé y, haciendo ostentación de académica ignorancia, pretenden reemplazarlas por “globalización” y/o “mundialización”, es oportuno señalar no sólo que “globalización” es el nombre del imperialismo reciclado que se pretende mundial, sino también -y esto es lo más importante- que el problema no es la globalización sino los globalizadores. La mundialización que hoy padecemos debido a los prodigiosos avances de la tecnología no debe hacernos olvidar que en los fundamentos de nuestra realidad latinoamericana se encuentran la globalización de Alejandro VI y Tordesillas; que el Río de la Plata no toma su nombre -y de él la Argentina- de sus aguas amarronadas sino del legendario Potosí; y que el palo brasil, el azúcar, el oro, los diamantes, el caucho y los esclavos globalizaron al Brasil mucho antes de que los teóricos imperialistas aparecieran en escena. Hechos que ponen en evidencia la falacia de la contradicción que pretende instalar el oficialismo y sus aliados entre “populismo y república”, cuando los términos de la verdadera contradicción fundamental son patria o colonia, que equivale a decir democracia plena o corporaciones.

Así, las actuales circunstancias invisten de una importancia adicional al tema que ha sido objeto de análisis y debate por parte de los más importantes exponentes del pensamiento nacional y de generaciones de militantes del campo popular, que comprendieron la significación de la cuestión nacional como categoría fundamental para la transformación social de los pueblos latinoamericanos.

Se trata entonces de dilucidar qué es la cuestión nacional. Para lo cual habremos de aproximarnos primero al concepto de nación, por cuanto la cuestión nacional aparece cuando un pueblo aspira a constituirse plenamente como nación: hay una valla que impide alcanzar esa realización y entonces ahí surge la cuestión nacional.

Debo adelantar que para desarrollar el tema me valdré en general de los aportes de la tradición marxista. Entiendo que, toda vez que se tengan en cuenta las singularidades de una formación social histórica y geográficamente situada, permite explicar con la mayor rigurosidad esa determinada realidad.

Justamente, la expresión cuestión nacional fue adoptada por distintas corrientes marxistas a principios del siglo pasado. Hay trabajos de Lenin con esta designación u otras parecidas, y polémicas entre socialistas sobre si debían asumir las reivindicaciones nacionales o si eso era un obstáculo porque no resolvía las cuestiones de fondo, que sólo podían resolverse a través de la lucha de clases y con el derrocamiento del capitalismo -posición sostenida por Rosa Luxemburg-.

A partir de entonces la expresión adquiere carta de ciudadanía; en tiempos recientes y hasta nuestros días se la asocia al denominado “conflicto Norte-Sur”, eufemismo con el que el lenguaje lavado que domina la palabra pública evita decir conflicto imperialista.

Efectivamente, la cuestión nacional también se puede caracterizar como el desafío que se presenta a un pueblo que aspira a alcanzar su autonomía. En el curso de la historia moderna esta situación se ha dado en circunstancias distintas, según que el pueblo en cuestión a) tenga que soportar el yugo colonial directo porque no ha conquistado todavía la independencia nacional; b) esté disgregado porque aún no consigue su unidad política o c) haya superado la etapa colonial pero el yugo subsista bajo otra forma: una dependencia estructural de tipo económico-social. Éste es nuestro caso y el de todos los países del subcontinente con los que, en realidad, conformamos una nación en el sentido moderno del término.

El concepto de nación
La contribución más importante de los marxistas al estudio de la nación fue llamar la atención sobre la estrecha relación que había entre el ascenso del capitalismo y la cristalización del Estado-nación. Sostuvieron que el avance del capitalismo destruía los mercados autárquicos, cortaba sus lazos sociales específicos y abría el camino para el desarrollo de nuevas relaciones sociales y formas de conciencia. “Laissez faire, laissez aller”, el primer grito de guerra del comercio capitalista, no condujo en sus primeras etapas a la globalización generalizada, pero generó las condiciones para el despegue de las economías de mercado más allá de las antiguas estructuras comunitarias.

En síntesis, la nación no es cualquier tipo de comunidad. Es una formación relativamente moderna en la historia. Las formas antiguas de comunidad, por ejemplo la Ciudad-Estado o los Imperios multinacionales, realizaban totalizaciones políticas que no tenían las características de las modernas naciones.

Lo que caracteriza a las naciones que se van formando en la edad moderna e irrumpen en el proceso revolucionario de fines del siglo XVIII y el siglo XIX, es un grado determinado de cohesión comunitaria que está dado por la unidad de un territorio y una lengua común amalgamados por el desarrollo del mercado interno, es decir por la generalización del intercambio. En otras palabras, una comunidad que ha roto las barreras feudales y el aislamiento, y ha logrado una unidad territorio-lingüística cimentada en la generalización del intercambio y el crecimiento del mercado interno y, por lo tanto, en el avance del capitalismo.

Esto significa que hay una estrecha relación histórica entre el surgimiento de las comunidades nacionales y el surgimiento del capitalismo. En particular, la consolidación del Estado-Nación se explica por cuanto el capitalismo, la forma más abstracta de control de la propiedad, requería por encima de todo un sistema de leyes que sacralizara la propiedad privada, y un Estado que asegurara su cumplimiento.

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